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viernes, 1 de enero de 2021

Receta Suaves Migas Pastoriles

 

¡¡Feliz año 2021!!

Como hasta el Día de Reyes no os pondréis a dieta, os dejo una deliciosa receta de migas pastoriles . Esta comida la hacían los pastores trashumantes de las Tierras Altas de Soria. Bien cocinadas, como todo plato tiene su secreto, son deliciosas y suaves al paladar.


Ingredientes

1 hogaza de pan de un kilo

1 taza de agua con una cuchara sopera rasa de sal

 6 dientes de ajo sin pelar

1 cucharada (de desayuno) de pimentón

50 gramos de panceta

50 gramos de chorizo

Una docena de uvas o uvas pasas

125 ml de aceite (se usa lo que haga falta)

Un puñadito de amor


 Elaboración

     Se trocea una hogaza de pan del día anterior en rebanadas y se humedecen con el agua salada. Se dejan reposar una noche envueltas en un paño.

     En una sartén se echa aceite y en ella se fríen unos trocitos de panceta y chorizo. Cuando estén fritos se sacan en un plato, Se añaden en la sartén seis dientes de ajo teniendo mucho cuidado de que no se quemen. Se retiran también. Para hacer estas frituras no habremos usado todo el aceite.

     Se pone el pan que habíamos preparado en ese aceite donde hemos frito la panceta, el chorizo y los ajos. Debemos calcular si con ese aceite es suficiente o necesitamos añadir algo más. Hay que ser cuidadoso para que las migas no queden demasiado secas ni demasiado grasientas (si nos preocupa el colesterol, usaremos aceite en donde solo se hayan frito ajos). 

    Al humedecerse, las rebanadas de pan se habrán troceado. Cuando están en la sartén, hay que moverlas constantemente para que se frían y no se apelmacen. Una vez fritas se añade la cucharada de pimentón y se mueve ya a fuego muy lento. Se les añade el chorizo y la panceta y se adornan con las uvas fresca (o uvas pasas si no es temporada de las primeras). También se pueden adornar con cerezas.

     El plato se puede completar con un huevo frito.

    No hay que olvidar espolvorear con una pizca de amor.

     Si los comensales son celiacos, el pan se sustituye por pan con harina sin gluten.

  !!Qué os guste!!

 


domingo, 30 de agosto de 2020

Los otros (casi vecinos): Los lañadores y otros (3ª parte)

En un post anterior hablé de los vendedores ambulantes que visitaban La Estepa de San Juan, en Soria. Añado aquí algunos otros oficios y otros visiantes que venían períodicamte al pueblo. 

Me gustaban en particular los lañadores porque me parecía cosa de magas o de brujas como unían uno de esos platos decorados tan bonitos que se habían roto o las tinajas o los morteros, las cazuelas, el puchero o los tazones, las jarras o cualquier utensilio de barro. Le ponían una laña, que era una especie de grapa de hierro o de cobre y los dejaban como nuevos para volverlos a utilizar, aunque ya con estas marcas.


Plato de barro lañado
Plato de barro con varias lañas


 

Los estañadores arreglaban vasijas de hoja de lata, sobre todo baldes y calderos, muy utilizados para lavar la ropa, acarrear el agua para personas y animales. Algunos de esos objetos aun existen conservados en las casas de los pueblos.


 
 Estañador, foto de https://osmonegros.com/2015/06/11/oficios-desaparecidos-iv-estanador-y-paraguero/

Estos oficios artesanos ha desaparecido porque ¿quién se pone hoy a arreglar un cacharro? Por suerte, aun conservo un plato lañado o alañado. He visto en internet platos o vasijas lañadas que ahora se han convertido en un objeto de cierto valor que se compra y vende. El mío no lo vendería ¡ni por todo el oro del mundo!

Un par de veces al año escuchábamos gritar: ¡Se afilan cuchillos, tijeras… navajas…! Eran los afiladores, que generalmente provenían de Galicia. También gallegos eran los que venían en bicicleta a vender dedales, puntillas, lazos, pasacintas, ganchillos, pañuelos, tijeras y toda clase de objetos y adornos que eran utilizadas en la costura. Todo lo traían en una caja de madera y a mi me parecía imposible que en ella cupieran tantas y tantas casas.

Dando gritos llegaba el trapero y los cacharreros que compraban toda clase de cacharros y cosas viejas, ropa y muebles pequeños. Al mismo tiempo, ellos vendían platos, cazuelas, tazas, vasos, cosas del hogar e incluso chuchearías. Quizá nos desprendimos entonces de objetos que ahora tendrían gran valor...

En carromatos venían los gitanos que en aquella época era nómadas A los pequeños nos impresionaban muchos sus vestidos largos y de colorines, los pendientes y los anillos de las mujeres. Eran tratantes de ganado, vendían cacharros, telas, hacían cestas y nos contaban historias de sus andanzas por los caminos. Si acampaban en el pueblo varios días, los niños se incorporaban a la escuela.

Y "los pobres..."  En La Estepa había un lugar al que llamábamos "el chozo de los pobres". Por su simple existencia parece que, entonces como hoy, dábamos por descontado que la pobreza era un fenómeno que convivía con nosotros. Estas personas con muy, muy pocos recursos llegaban al pueblo periódicamente y casi siempre eran los mismos. Pedían por las casas y se les proveía de ropa y comida. Dormían en el chozo de los pobres que estaba a la entrada del pueblo y cuando hacía demasiado frío se les daba acomodo en algún pajar.

Cuando salíamos de la escuela, los niños nos acercábamos su "casa", si así se le podía llamar, y les acompañábamos un buen rato. La iluminaban a veces con algún candil pero normalmente lo hacía con "sebo" que les había propocionado algún vecino. El sebo era la grasa de animales y desprendía un olor característico que hoy nos parecería un poco desagradable. 

Nos contaban historias de sus andanzas y, de repente, sin avisar a nadie desaparecían hasta la próxima vez. 

Para no dejaros con este recuerdo triste quiero contaros que en las fiestas de septiembre venían los gaiteros procedentes de San Pedro Manrique. Amenizaban con su música el baile de la tarde, hacían los pasacalles por todo el pueblo y tocaban el himno nacional durante consagración en las misas con las que entonces se celebraban todas las fiestas.

Continuará....

domingo, 26 de julio de 2020

Los otros (casi) vecinos (2ª Parte de Tres): Los tenderos ambulantes


En el post anterior hablé de algunas personas que, por desempeñar determinados oficios relacionados con el el servicio público, visitaban La Estepa de San Juan. Hoy quiero recordar algunos otros visitantes que también venían en razón de su oficio: los vendedores ambulantes. En lugares como mi pueblo eran esenciales para los vecinos porque no había comercios. Hoy lo siguen siendo también... y me gustaría que esta entrada de mi blog sirva de homenaje y agradecimiento a todos los que desempeñan esta profesión.

La Estepa de San Juan era un pueblo pequeño, pero bullicioso.

Se escuchaban desde las primeras horas de la mañana cientos de ruidos que quedaron en mi memoria: el toque de campanas, los charloteos de las mujeres que iban con el cántaro a la fuente, el ruido del agua, los gritos de los niños, el balar de las ovejas, el tintineo de los cencerros de las vacas, el toque del cuerno del vaquero avisando de que tenían que soltar el ganado o el ajetreo de los hombres y animales que iban a hacer las labores del campo.

Este alboroto se multiplicaba cuando llegaban al pueblo los tenderos....

El Gordo venía en un camión. Al Gordo, a los Gordos, porque eran varios hermanos, se les llamaba así por su corpulencia, sin que nunca se molestasen por el apodo. Venían regularmente a la Estepa. Vendía varios productos. Su mercancía principal era el aceite que traían de la zona de Aragón. Lo almacenaban en grandes odres y daba gusto ver tan preciado líquido caer como una cascada dorada a las medidas de litro o medio litro, que a su vez iban a parar a la aceitera o a las garrafas que las mujeres llevaban de su casa (¿Mucho más respetuoso con el medio ambiente que ahora, verdad?).

También vendían vino. Lo traían en grandes pellejos. Usaban un embudo de aluminio para traspasarlo a las botellas de las clientas (¡mujeres!, ya que los hombres nunca iban a comprar). En vísperas de las fiestas también ofrecían otras clases de licores, como el anís en bonitas botellas, el vino rancio, el coñac o el aguardiente.

Los panes de jabón también figuraban entre sus mercancías. Pero lo más curioso de este tendero era la forma de pago: se utilizaba el trueque. Las compradoras llevaban todos los huevos que haban  puesto sus gallinas y a cambio se abastecían de los productos anteriormente mencionados.

El Topo de Ausejo también venía desde su pueblo (Ausejo) donde tenía una tienda. Traía en su camioneta un sinfín de productos: aceite, fruta, legumbres, escabeches y sobre todo un excelente café.

Desde Ventosa, el pueblo de mi padre, venía el Juan, al principio en un carro y luego ya en un camión pequeño. Era el tendero que nos visitaba con más frecuencia y acostumbraba a acompañarle un hijo que se llamaba, creo, José María, aproximadamente de mi edad y que murió muy joven.

Primero en caballería, luego en carro y más tarde en camión, la venta ambulante ha llegado hasta el siglo XXI. Foto de un pueblo de Burgos

El Rata de Soria vendía toda clase de ropa para el hogar, mantas, colchas, piezas de tela para hacer las sábanas, retales para hacer la ropa a los hombres, tejido lisos, de colores para elaborar los vestidos de diario y de fiesta para las mujeres y los niños, calcetines, lanas, hilos... Toda tipo de cosas que queráis imaginar.

Las mujeres de La Estepa cosían de todo y muy bien, por cierto. Se ayudaban entre ellas y además hacían punto, ganchillo, bordaban y sobre todo, en aquella época remendaban, echaban piezas y adaptaban la ropa de los mayores para los pequeños. ¡También esto era mucho más respetuoso con el medio ambiente!



 La venta ambulante rural en camión, 2020. Foto de Dos Santo publicada en el Diario de Valladolid
Recuerdo a un frutero apodado el El Reloj. Su nombre se debía a que…bueno me da un poco de vergüenza contarlo, mejor que os lo cuenten vuestros abuelos. Como mi pueblo estaba cerca de La Rioja, los fruteros venían de allí. Eran de Arnedillo, Arnedo, Calahorra, Quel y, algunos, de Cervera. Traían frutas frescas, olorosas, dulces, buenísimas: uvas, ciruelas, albérchigos, melocotones amarillos y enormes, melones, sandías, manzanas, peras, perillos, cebollas, ajos, pimientos rojos gordos y carnosos, que luego se asaban en el fuego, castañas o higos chumbos.

Los fruteros venían con camiones y como paraban en el Campoalto, a la entrada del pueblo, solían mandar a los niños a pregonar su llegada a cambio de una propina o algunas piezas de frutas.

Las mujeres compraban tomates en cantidad. Con ellos hacían conservas que metían en botellas y les duraban todo el año. Adquirían pimientos y guindillas que colgaban en los balcones en rastras y que pasaban del color verde brillante al rojo intenso.Todavía me parece que lo estoy admirando.

Los vendedores ambulantes rurales no han desaparecido. Siguen siendo esenciales todavía pero es cierto que ya no llegan a todos los pueblos. Por eso, esta iniciativa de emprendimiento social "La Exclusiva" me parece bien interesante ya que quiere contribuir a que las personas puedan seguir viviendo en su pueblo y, para ello, entre otras cosas, ofrece a los vecinos la recogida y entrega de pedidos a domicilio. Es otra versión de lo ambulante.

http://www.laexclusiva.org/



Continuará con el trapero, los alañadores, los gaiteros y algunos más....

lunes, 30 de marzo de 2020

Los otros (casi) vecinos (1ª Parte de tres)


A La Estepa de San Juan acudía mucha gente que no vivía en el pueblo. Nos visitaban a menudo y por eso los considerábamos como si fueran vecinos. Hoy quiero recordar a algunos de ellos y en particular a las personas que venían al pueblo por razón del oficio que desempeñaban. Todas ellas dejaron en mi un excelente recuerdo.

Como estamos en medio de la crisis del COVID-19, me gustaría rendir mi primer homenaje a los médicos de pueblo. No solamente se ocupaban de los enfermos con dedicación sino que también eran los encargados de vacunar y atender a los niños y a los más ancianos y sobre todo de hablar con los vecinos de sus problemas y preocupaciones. Algunos se convertían en consejeros y amigos. Bien por esos MÉDICOS DE PUEBLO.

Yo me acuerdo en especial del doctor Llopis (no sé si ese era su nombre o era algún tipo de apodo). El doctor vivía en Castilfrío, a unos pocos kilómetros de mi pueblo. Era un hombre muy servicial. En una ocasión que estuve muy enferma, con 7 u 8 años, venía a verme a diario y a ponerme las inyecciones. Le recuerdo hablando con mis padres en la cocina. Hubo otros médicos antes y después pero era demasiado pequeña o ya me había ido del pueblo. Recuerdo bien el día que inauguraron la casa del médico, muy coqueta, a las afueras del pueblo de Castilfrío.

El médico se desplazaba caminando o en caballería a cada pueblo. Cuando las condiciones climáticas eran adversas porque llovía o nevaba era difícil atravesar los pequeños ríos que discurrían entre ambas localidades, el río Canalón, el río Sotillo y el río de La Viña. Este ultimo se desbordaba y era peligroso atravesarlo. Mi abuela me contaba que la corriente había hecho desaparecer una viña que se encontraba en sus márgenes. 




Imagen de la que se cree que fue la primera médica rural, Concepción Criado



El veterinario nos visitaba desde Oncala o Cirujales, no recuerdo bien. El veterinario era una figura importantísima en La Estepa puesto que, aunque en el pueblo se trabajaba en el campo, la verdadera riqueza era la ganadería. Cada familia tenía su rebaño de ovejas a las que había que vacunar y tratar de sus enfermedades. Entre varios vecinos formaban un rebaño y "ajustaban" al pastor, que acostumbraba a ser del pueblo, a principios del verano, por San Pedro. Las ovejas parían cada año al menos un cordero que luego se vendía para carne. Además, su lana se guardaba en grandes vellones después del esquileo hasta que venían los laneros a comprarla.

En cada casa había también un caballo o yegua. En casa teníamos la yegua Castaña (de la que ya os he hablado en un post anterior) que cada año paría un potrillo y que se vendía en la feria de septiembre. También había vacas, novillos, jotillos… Las vacas además de hacer labores del campo tenían sus terneros que se vendían para carne. Por todas estas razones, entenderéis que la figura del veterinario fuera tan importante.

En ningún pueblo faltaba la presencia de un sacerdote. También de Castilfrio, venía Don Lorenzo que fue quien casó a mis padres, bautizó a sus hijos, enterró a dos hermanos mios pequeñitos y dio la comunión a mis todos hermanos aunque no a mi pues se marchó poco antes a una nueva parroquia. Me acuerdo verlo llegar por el camino de Castilfrio con caminar ligero y  airoso sobre todo los días de fiesta con su sotana y su manteo nuevo. Los niños corríamos a recibirle pues siempre nos obsequiaba con algún caramelo. Es posible que durante la época de la guerra llegara a vivir en La Estepa.

Era el encargado de decir la misa pero el rezo del rosario y las novenas se lo encomendaba al sacristán. Todo el mundo le apreciaba en el pueblo quizá porque sus sermones incluían el humor que nos hacía reír a todos. Los sermones del día de la fiesta debían ser interesantes porque la familia los comentaba durante la comida con los invitadosa. También recuerdo las misas de los domingo en el verano. Todo el mundo acudía a la misa dominical pero los hombres en el coro se quedaban dormidos, seguramente debido al cansancio acumulado después de realizar las duras labores del campo. Don Lorenzo nunca se lo recriminó.

Su casa en Castilfrio era una casona muy bonita y grande y un huerto con frutales. No se me olvidan los membrillos tan enormes que a veces regalaba a mi madre. Muchos años después, recorriendo con mi marido las Tierras de Burgos, pasamos por Cabezón, que creo que era el pueblo donde había nacido, y por Hacinas donde estaba enterrado. Pregunté si sabían donde descansaba Don Lorenzo y me indicaron una tumba que tenía una sencilla cruz de madera.

Al pueblo también venía el Secretario que ayudaba al alcalde a realizar las gestiones y llevar los papeles del Ayuntamiento. Yo me acuerdo de Don Enrique pues venía algunas veces a casa por ser mi padre corresponsal. Tambien vivía en Castilfrío.

De vez en cuando venía al pueblo un señor vestido con traje negro y camisa blanca y que casi siempre coincidía con los días que había habido alguna muerte. Imagino que era una especie de notario o juez y la verdad es que yo, aunque era pequeña, no le tenía ninguna simpatía.

Otras personas que se acercaban al pueblo desde el cuartel de Ausejo eran los guardias civiles. Ausejo era un pueblo más grande que La Estepa y por eso allí había un cuartel de la Guardia Civil en el que vivían los guardias y sus familias. Venían andando y a veces a caballo con su característico traje verde, capa y tricornio. Mi amiga y yo les teníamos tanto miedo que a veces nos llegamos a esconder debajo de la cama cuando sabíamos que andaban por el pueblo. A pesar del respeto que como niñas les teníamos con ellos nos sentíamos más seguros. Informaban de la gente extraña que pasaba por allí, vigilaban a los cazadores furtivos y poco más porque en mi pueblo la gente era pacífica.
 
Como todos los servicios, este también desapareció de Tierras Altas. Luego les seguirían los médicos, los veterinarios, los secretarios, los maestros, los jóvenes, los viejos, los pastores, los vaqueros... hasta hoy que ya no queda casi nada
 
Además de todos los mencionados en este post, los maestros eran imprescindibles y de ellos quiero escribir un capítulo aparte.

Continuara…..

domingo, 30 de diciembre de 2018

Casas y vecinos de Estepa de San Juan antes de la despoblación




Hoy las casas están cerradas y los vecinos ya se han ido. 

Aunque pensándolo bien, nadie se va si alguien le recuerda y al menos yo llevaré a los vecinos de la Estepa de San Juan siempre conmigo. Hoy me gustaría recordar a algunos de ellos a quienes conocí desde niña.

Empezaré por la parte alta del pueblo, por el llamado Camino de Cuellar. Junto a las eras estaba la casa de Antonio. Su mujer se llamaba Ascensión y era de Ventosa. Tardaron en irse del pueblo. Tenían cuatro hijos Mari Carmen, Carmelo, Elisa y Magdalena. Siempre que iba al pueblo era la primera persona y a veces la única que me encontraba…. Pero un día ya no estaba. Ese día fue cuando comprendí que aquello estaba acabando.

También estaba la casa de Benito y su mujer, Paca. Pasaban poco tiempo en el pueblo pues él era secretario. Murieron ya hace más de 50 años tuvieron familia numerosa. No sé si me acordaré de todos los nombres: Victorina, Dominica, Faustina, Justo, Domiciano, Félix y Esteban. Todos marcharon fuera del pueblo menos sus dos hijas Vitorina y Dominica. Domiciana estaba en el pueblo de una manera intermitente. Escribía unas preciosas poesías; no sé lo que habrá sido de ellas.

La casa de al lado estaba ocupada por Vitorina y su marido Casto, que era de Cuellar. Es una casa muy grande y con escudo, pues había pertenecido algún rico ganadero de la Mesta. Sus hijos Felisa, Julia, Victorino y Pilar también emigraron  y, qué casualidad, algún biznieto ha llegado a ser alumno mío. Tengo el recuerdo de Casto en las crudas mañanas de invierno cubierto con su hongarina cuando bajaba con sus animales camino de la dehesa.

Llegamos a la escuela y nos encontramos con la casa del Tío Pedro, casado con Práxedes, nacida también en el pueblo. También familia numerosa. Inés, Adoración, Evaristo, Marivi, Palmira, Tomás  Epifanio y Ventura. Vivían en una casa pequeña pero muy acogedora, luego se cambiaron a la casa del cura que era muy grande y con el pequeño jardín donde la tía Práxedes cuidaba de sus rosales.

En la Calle de en Medio (prácticamente la única del pueblo), estaba la casa de Enrique y Matilde. En este caso los dos habían nacido allí. Al lado estaba la casa de Basilisa (yo nunca la conocí habitada). Matilde tenía allí un precioso jardín. De sus hijos Rufino, Ovidio, Flora y Rosa me acuerdo especialmente de esta última, pues era de mi edad más o menos y murió muy joven

Cerca de la anterior estaba la casa de Damiana, casada con Agustín de Torre Arévalo. Era una casa con un corral muy grande y me acuerdo del pequeño huerto en el que crecía un enorme manzano. Ahora y sin que se entere nadie lo digo: mi amiga y yo cuando todo el mundo estaba en las eras trepábamos al árbol y robábamos una de esas apetecibles manzanas. Sus hijos Julián, Liria y Amelia conservan la casona. Un hijo de más o menos mi edad murió de pequeño, se llamaba, creo, José María. En la casa vivía con la familia Lucía una hermana de Damiana, mujer entrañable. Recuerdo especialmente a Damiana con  mi madre en el horno, pues les tocaba la vez de cocer el pan el mismo día a las dos familias y la costumbre que tenía esta buena vecina era que cuando terminaba de dar el aceite a las deliciosas tortas, lo que quedaba en sus manos lo aplicaba a mi pelo para que quedara sedoso….

Casi enfrente estaba la casa de Florencio casado primero con María que debió morir muy joven y con la que tenía un hijo, Saturnino, que junto con mi tío Isidoro, al que se le murió el padre muy pronto, se fueron desde muy jovencitos a Sevilla. Casó mas tarde con Isabel y su hijo Jesús también se marchó muy joven. Su hijo Eusebio permaneció más tiempo en el pueblo, pero al final, como todos, también emigró. La casa de Florencio es a la primera que llegó el primer medio de comunicación sonoro: la radio.

Un día de Carnaval en el que los mozos y mozas se habían ido a pedir la gallofa a otros pueblos cercanos llegó de Soria un señor alto y flaco con una enorme caja en su coche. El hombre flaco se llamaba Vicen Vila y en la caja llevaba algo que a mi amiga y a mi nos hizo pensar…  llegó a la casa, abrió la caja, saco un aparato y con un cordón de plástico lo unió en la pared a una cosita redonda que previamente había colocado y ¡OH! Sorpresa. Allí dentro debía haber alguien escondido que hablaba y cantaba. Disimuladamente dábamos la vuelta a la silla por si descubríamos a alguien  que hiciera esas maravillas… y nos fuimos a casa sin haber descubierto nada de nada. Quién me iba a decir que hoy estaría metida en facebook o tendría un blog. Todo eso vino mucho después…

Y bajando la calle del camino de Castilfrio llegamos a la casa más querida para mí, la casa de mi abuela Juliana. Un día hablaré de ella pues recuerdo nítidamente cada rincón de la casa, la majada, el corral, el pequeño huertecillo. Tantos son mis recuerdos de ella que no cabrían en un gran libro, pero os contaré los más bellos que tengo de ella.

Mi abuelo murió cuando mi madre tenía cinco años y volvió a casarse con mi segundo abuelo, Crisofro, del que guardo preciosos recuerdos a pesar que murió cuando yo tenía 7 añitos.

Además de su hermano Isidoro, mi madre tuvo otras dos hermanas de mi segundo abuelo: Remedios y Amparo. Amparo se casó con el tío Felipe de Arévalo y sus hijas María Ángeles y Rosario se fueron jóvenes a Barcelona. Mi prima Angelines, bueno casi mi hermana, era mi compañera de juegos en casa de la abuela…. Y ya se ha ido también…. La tía Remedios se casó con Manolo de Fuentelsaz. Todavía me acuerdo de su boda en casa de la abuela. Sus hijos son Laureano y Pilar y voy a nombrar a su nieto que es un gran músico que llegará lejos.

Al lado estaba la casa del Plácido y de Trine que tuvieron tres hijos Conce, Teresa y Jesús. En esta casa con el nacimiento de Teresa asistí al último bautizo que recuerdo en el pueblo y la verdad es que no tuvimos que cantar aquello de bautizo..."si cojo al chiquillo lo tiro al tejao,..." porque fue verdaderamente esplendido.

Con Plácido tuve contacto casi hasta el final de sus días pues fue a vivir a mi pueblo adoptivo donde todo el mundo lo quería por su bondad. La casa de Trine ya no existe. En su lugar hay un coqueto chalet.

Y al lado está la casa del tío Patricio de Narros, casado con Higinia y con familia numerosa Laurentino, Dionisio, Faustino, Avelino, José mi amigo de la infancia, Marta y Felisa. Me acuerdo de Laurentino que trabajaba en la “mina” y que quizá fuera el primer “mozo” que marchó del pueblo.

Y si damos la vuelta por el camino de la dehesa y allí encontramos la casa de Benito casado con  Felipa de Ventosa. Era un matrimonio simpático y bueno. Con el tío Benito la relación era de familia, de siempre lo conocí cuidando las ovejas de mi padre, abuelos y tíos y por ello presente en todas las matanzas y fiestas de la familia. En el portal de su casa estaba el cuartel general de la “espera” de las ovejas que venían por la Calle Sendero o por el camino de La Fuente Vieja. Allí se contaban las noticias, si es que las había, del pueblo y de los alrededores. Los niños nos portábamos muy bien pues la reunión la presidía Camilo que con el movimiento de su garrocha nos invitaba a estar calladitos. Sus hijos Manolo y Eugenio marcharon jóvenes, pero Ricardo permaneció mucho tiempó, fundo su familia con Julia de Ventosa y gracias a sus dos hijos el pueblo sigue” abierto”.

Todavía algún resto del Juego Pelota que fue durante años el lugar no solo en el que se practicaba este juego, además allí se jugaba a la tanguilla, los niños a la pelota, a las canicas, a la comba… y en las fiestas el pueblo se bailaba. En estos bailes tocaba “la gran orquesta” formada por los músicos de que venían de San Pedro. Cerca del Juego Pelota estaba la casa de Camilo, el de la garrocha y su mujer Eduvigis. Tenía dos hijos, Matilde y Saturio. Este último vivía en Barcelona y la tía Eduvigis viajaba a verle a menudo y venía peinada con la “permanente” pues creo que su nuera era peluquera y a todos nos parecía muy moderna y guapa.

En la fachada de la casa crecía una parra y cosa extraña en nuestro clima las  uvas maduraban y no quiero delatar a nadie, pero yo sé quien las acababa “vendimiando”

Al lado estaba la casa de Vitor y de la Cirila. Cirila estaba muy sorda pero era una buenísima mujer. Mi amiga y yo pasábamos muchos ratos con ella y nos contaba muchas historias. Sus hijos fueron María, Petra y Carlos. Todos también emigraron, primero Petra hacia el Levante. Como había mucha amistad entre esta familia y la mía, cuando ella venía al pueblo me tría unos pequeños porrones o botijos de cerámica valenciana con dibujos de barracas y llenos de anisillos. Todavía creo se conservo alguno en casa, como también conservo aun la fotografía de su primer hijo. Pero no los he vuelto a ver. Fue también el primer matrimonio que se fue del pueblo siendo yo niña. Y conservo nítidamente en mí mente, a pesar del tiempo trascurrido, como fue la despedida.

Era un día de carnaval pues me acuerdo que había baile y las mozas llevaban pañuelos muy bonitos y en algún momento se hizo el silencio. Vitor, muy solemne él, se subió a su casa y desde la ventana se despidió de los vecinos, pues había decidido irse a Barcelona con sus hijos… No quiero recordar las tristeza que invadió a todos incluidos los más pequeños pues se intuía lo que inexorablemente era  la primera despedida pero no la última.

Y al lado de la fuente estaba la casa de Saturio y de Engracia. Es una casa muy grande. Engracia era hija German que era viudo de Juliana. Me acuerdo de éste porque murió cuando yo tenía unos cinco años y recuerdo ir a acompañar a mi madre a dar el pésame a su familia y se me quedó grabado en mi memoria el cuadro que había en la cabecera de la cama. Los hijos de Germán creo que eran Constantino, Engracia, Trini, Santiago, Herminia, Juan que debió de morir joven y Regina que era monja y que yo creo que no conocí. Con ellos vivía Pura que cuidó siempre de los hijos de German, que era una mujer buena y trabajadora.

Saturio y Engracia tuvieron varios hijos María Jesús, Germán, Lorenzo y José Maria, este último es uno de los que también mantiene de momento el pueblo abierto. Gracias por ello.

Y al lado de la Plaza y la fuente, la casa de Jacinto y Saturnina, mis padres Y que decir de ellos…. Buenos, trabajadores en exceso y amantes como todos en el pueblo de la cultura y del porvenir de sus hijos. Gracias a ellos y a los demás vecinos porque fueron ejemplo para todos sus descendientes, pues a pesar del frío, de la aridez y  de la pobreza de la tierra fueron ejemplo con su abnegado trabajo para sacar a todos los jóvenes adelante. Un recuerdo lleno de amor para ellos.

La casa de Nicanora e Isidro al que yo no conocí, también esta cerca de la fuente. Nicanora tenía tres hijos Nicanor, Carlos e Isabel. Los dos primeros se fueron a Sevilla y recuerdo los veranos que veían las hijas de Carlos, Mari Carmen, Pilar y Reyes y al son de una gramola bailaban sevillanas. Isabel casó con Nemesio. Sus hijos fueron Aurora, Rosi, Pilar, Marina, Isidra, Isabel, Tere e Isidro. Isabel vivió durante cien años y es de las personas que más tiempo resistió en el pueblo.

Y al lado de mi casa estaba la casa del tío Santiago. Su mujer debió de morir muy joven. Tenía tres hijos Asunción, que fue la que más tiempo vivió en el pueblo, Rosario y Marcelino. Era una casa que por su buena situación le daba mucho el sol y allí se juntaban las vecinas a coser incluso en los días fríos del invierno.

Hacia la carretera estaban las casas de Benito y Felipa. De sus hijos Aureliana, Luisa Emiliana, Felipe y Paquita, me acuerdo especialmente de Felipe porque era el sacristán. A Felipe le acompañábamos los niños a tocar las campanas. Acompañarlo a la torre de la iglesia nos pareció siempre un privilegio. Tocaba las campañas tres veces al día: al alba, al medio día y por la noche, el Ángelus.  Todavía recuerdo por la noche cuando tocaba  a la oración las gentes con gran respeto se arrodillaban, los hombres se quitaban la gorra y los niños admirábamos el silencio. De esto hace solo setenta años
Como a Felipe le ayudábamos a rezar el rosario, en Navidad nos premiaba con el aguinaldo. También me acuerdo de Paquita, que murió muy jovencita, cantaba muy bien y nos enseñaba bellas melodías

Al lado estaba la casa de Eulalio y Dominica. Era un poco mi casa pues en ella vivía mi amiga y como allí eran muchos hermanos no me tenía que invitar para quedarme incluso a dormir. Me acuerdo especialmente de Amador que se fue muy Joven, de Amor que nos enseñaba a rezar, de Eulalia, Virginia, Benito, Paco, Josefina y dejo para el final a mi amiga del alma, María Jesús.

Mi amiga era la compañera de correrías, de ir a coger moras, endrinas, bizcobas, de trepar por los árboles para ver que había en los nidos, pero nunca los estropeábamos, de imaginarnos fantasmas que venían por el camino de Valtajeros, de invitarnos a las matanzas, esquilos y toda clase de celebraciones en cada una de nuestras casas, de ir a “robar” ciruelas, manzanas, y los brotes de la berza en las huertas, de buscar makuqueles en la dehesa y también de  enfadarnos de tal manera que nos jurábamos odio eterno, eternidad que no duraba mas de cinco minutos.

También buscábamos caracoles, hacíamos obras de arte con las hojas de las acacias, vestíamos las muñecas de trapo porque nunca tuvimos de las otras. Y miles de recuerdos más que en mi mente figuran como si fueran de ayer.

Y cerca de la iglesia la casa de Vitoria que vivió muchos años en Sevilla casada con Ignacio. Tuvieron un hijo, Laureano, que estuvo en la división azul, murió muy joven. Su novia se llamaba Eloísa y a ella debo mi nombre.

Al lado estaba la casa de Vitoriana casada con Bienvenido. Emigraron muy pronto a Bilbao y más tarde a Sevilla. Sus hijos eran Pepe, Venancio y Nati. De ellos me acuerdo aunque yo era muy pequeña. Lo pasábamos muy bien en las celebraciones en la casa de los abuelos de Ventosa.

Creo que no me olvidado de nadie……Y desde aquí a los que ya no están y a los que andan repartidos en los más diversos lugares les envío un abrazo muy fuerte.