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domingo, 26 de julio de 2020

Los otros (casi) vecinos (2ª Parte de Tres): Los tenderos ambulantes


En el post anterior hablé de algunas personas que, por desempeñar determinados oficios relacionados con el el servicio público, visitaban La Estepa de San Juan. Hoy quiero recordar algunos otros visitantes que también venían en razón de su oficio: los vendedores ambulantes. En lugares como mi pueblo eran esenciales para los vecinos porque no había comercios. Hoy lo siguen siendo también... y me gustaría que esta entrada de mi blog sirva de homenaje y agradecimiento a todos los que desempeñan esta profesión.

La Estepa de San Juan era un pueblo pequeño, pero bullicioso.

Se escuchaban desde las primeras horas de la mañana cientos de ruidos que quedaron en mi memoria: el toque de campanas, los charloteos de las mujeres que iban con el cántaro a la fuente, el ruido del agua, los gritos de los niños, el balar de las ovejas, el tintineo de los cencerros de las vacas, el toque del cuerno del vaquero avisando de que tenían que soltar el ganado o el ajetreo de los hombres y animales que iban a hacer las labores del campo.

Este alboroto se multiplicaba cuando llegaban al pueblo los tenderos....

El Gordo venía en un camión. Al Gordo, a los Gordos, porque eran varios hermanos, se les llamaba así por su corpulencia, sin que nunca se molestasen por el apodo. Venían regularmente a la Estepa. Vendía varios productos. Su mercancía principal era el aceite que traían de la zona de Aragón. Lo almacenaban en grandes odres y daba gusto ver tan preciado líquido caer como una cascada dorada a las medidas de litro o medio litro, que a su vez iban a parar a la aceitera o a las garrafas que las mujeres llevaban de su casa (¿Mucho más respetuoso con el medio ambiente que ahora, verdad?).

También vendían vino. Lo traían en grandes pellejos. Usaban un embudo de aluminio para traspasarlo a las botellas de las clientas (¡mujeres!, ya que los hombres nunca iban a comprar). En vísperas de las fiestas también ofrecían otras clases de licores, como el anís en bonitas botellas, el vino rancio, el coñac o el aguardiente.

Los panes de jabón también figuraban entre sus mercancías. Pero lo más curioso de este tendero era la forma de pago: se utilizaba el trueque. Las compradoras llevaban todos los huevos que haban  puesto sus gallinas y a cambio se abastecían de los productos anteriormente mencionados.

El Topo de Ausejo también venía desde su pueblo (Ausejo) donde tenía una tienda. Traía en su camioneta un sinfín de productos: aceite, fruta, legumbres, escabeches y sobre todo un excelente café.

Desde Ventosa, el pueblo de mi padre, venía el Juan, al principio en un carro y luego ya en un camión pequeño. Era el tendero que nos visitaba con más frecuencia y acostumbraba a acompañarle un hijo que se llamaba, creo, José María, aproximadamente de mi edad y que murió muy joven.

Primero en caballería, luego en carro y más tarde en camión, la venta ambulante ha llegado hasta el siglo XXI. Foto de un pueblo de Burgos

El Rata de Soria vendía toda clase de ropa para el hogar, mantas, colchas, piezas de tela para hacer las sábanas, retales para hacer la ropa a los hombres, tejido lisos, de colores para elaborar los vestidos de diario y de fiesta para las mujeres y los niños, calcetines, lanas, hilos... Toda tipo de cosas que queráis imaginar.

Las mujeres de La Estepa cosían de todo y muy bien, por cierto. Se ayudaban entre ellas y además hacían punto, ganchillo, bordaban y sobre todo, en aquella época remendaban, echaban piezas y adaptaban la ropa de los mayores para los pequeños. ¡También esto era mucho más respetuoso con el medio ambiente!



 La venta ambulante rural en camión, 2020. Foto de Dos Santo publicada en el Diario de Valladolid
Recuerdo a un frutero apodado el El Reloj. Su nombre se debía a que…bueno me da un poco de vergüenza contarlo, mejor que os lo cuenten vuestros abuelos. Como mi pueblo estaba cerca de La Rioja, los fruteros venían de allí. Eran de Arnedillo, Arnedo, Calahorra, Quel y, algunos, de Cervera. Traían frutas frescas, olorosas, dulces, buenísimas: uvas, ciruelas, albérchigos, melocotones amarillos y enormes, melones, sandías, manzanas, peras, perillos, cebollas, ajos, pimientos rojos gordos y carnosos, que luego se asaban en el fuego, castañas o higos chumbos.

Los fruteros venían con camiones y como paraban en el Campoalto, a la entrada del pueblo, solían mandar a los niños a pregonar su llegada a cambio de una propina o algunas piezas de frutas.

Las mujeres compraban tomates en cantidad. Con ellos hacían conservas que metían en botellas y les duraban todo el año. Adquirían pimientos y guindillas que colgaban en los balcones en rastras y que pasaban del color verde brillante al rojo intenso.Todavía me parece que lo estoy admirando.

Los vendedores ambulantes rurales no han desaparecido. Siguen siendo esenciales todavía pero es cierto que ya no llegan a todos los pueblos. Por eso, esta iniciativa de emprendimiento social "La Exclusiva" me parece bien interesante ya que quiere contribuir a que las personas puedan seguir viviendo en su pueblo y, para ello, entre otras cosas, ofrece a los vecinos la recogida y entrega de pedidos a domicilio. Es otra versión de lo ambulante.

http://www.laexclusiva.org/



Continuará con el trapero, los alañadores, los gaiteros y algunos más....