Las quitameriendas
Flor quitameriendas
Las quitameriendas eran unas flores que aparecían en nuestro
pueblo. Aunque eran más abundantes en los ribazos de las eras, cubrían casi
todo el campo. Las quitameriendas son pequeñas plantas bulbosas que florecen a
últimos del verano. Son flores solitarias, de seis pétalos con un color entre
azulado y violeta, que destacaban entre la hierba ya reseca del verano. Se
conocían también por otros nombres como “alzameriendas”, “merendera de monte” o
“merendera loca”.
Yo no sé si cuando aparecían las quitameriendas era
obligatorio suprimir la comida de la tarde. Creo más bien que las horas de luz
iban disminuyendo y las meriendas tardías se sustituían por las cenas
tempranas.
Sea como fuere, es cierto que la gente se recogía antes en
casa. Después de la faena de verano, las eras casi se quedaban desiertas a
finales de agosto porque el grano ya estaba en el somero y la paja en el pajar.
Para que esto sucediera, las familias enteras, desde el
abuelo a los nietos más pequeños, todos habían hecho su trabajo
correspondiente. En aquella época, los niños resultábamos fundamentales en las
tareas de la era. No consideramos ese trabajo como una explotación y mucho
menos nos crearon ningún trauma pues disfrutábamos muchísimo.
En el mes de julio, casi siempre después del esquileo de las
ovejas, se empezaban a recoger los primeros productos del campo, que en mi
pueblo eran las lentejas y los yeros, que molidos o no iban a convertirse en el
mejor alimentos de los animales durante el invierno. Este molido se llamaba
afrecho.
Su recolección era costosa y difícil, pues se arrancaban las
plantas con las manos. Muchas veces crecían cardos junto a las plantas y las
pobres manos que los arrancaban terminaban llenas de pinchos. Y no digo nada si
además se cruzaban por su camino las uñas de gato…
Uñas de gato
Se recogían en montones o gavillas y se dejaban en las
piezas (en las fincas de cada uno) hasta
que se terminaran de secar. Había que ir de vez en cuando a darle vuelta con la
horca. Cuando estaban ya del todo secas se acarreaban las gavillas en la yegua
hasta la era a ambos lados de las artolas y atadas fuertemente con una soga, se
extendían sobre el solar y se trillaban en muy poquito tiempo pues los tallos
eran cortos y el grano se desprendía fácilmente de las vainas. A la “paja” se
le daba el nombre de graznas y también se les echaba a los animales.
Acarreando
Antes de entrar de lleno en las tareas veraniegas, os diré
que en junio se recogía la hierba de los prados la cual se segaba con el dalle,
que era una hoz muy grande. Antes de empezar la siega, el hombre de la casa
sentado en el corral la afilaba con “la piedra” y el “martillo”, ¡cualquiera se
acercaba a ellos!
El olor a heno de la hierba segada aún permanece en mis
recuerdos. Esta hierba se colocaba en hileras, se daba vuelta de vez en cuando
¡y que no lloviera! Cuando estaba a punto, se llevaba a un pajar en lenzuelos
(especie de sábanas grandes cuadradas con cuatro picos atados con cuerdas en las esquinas) y
eran transportadas por las personas sujetándoselas a la cabeza con una cincha.
El día de Santiago era la última fiesta solemne antes de
comenzar las faenas en las “piezas” y en las “eras”. En la pequeña placita del
pueblo se situaban los peones o “piones”, con sus alforjas o atillos, que
habiendo terminado sus faenas en La
Rioja venían a ofrecer su ayuda para la recogida de las
mieses. Casi siempre eran los mismos y por eso algunos se consideraban ya de la
familia. Se les pagaba un salario, se les daba una buena comida y normalmente
dormían en el pajar.
Paisaje, al fondo “lo
de Castilfrio”
La comida para los trabajadores del campo era abundante y casi
terminaba con las costillas, los lomos y los chorizos de la olla. Se degustaba
además tortilla de patatas, pisto o mejor dicho patatas fritas con cebolla y
tomate, torreznos y caretas fritas, pan de hogaza, legumbres, verduras como
vainillas, repollo o lechugas que eran las única que se criaban en las huertas
y si venían “el Juan de Ventosa” o “el Topo de Ausejo” se añadían algunas latas
de conservas. Los hombres que comenzaban su trabajo antes de salir el sol
tomaban un “buchito” de aguardiente (sería para coger fuerza).
Las mujeres permanecían en casa un ratito más, recogiéndola,
haciendo la comida hasta que escuchaban
el cuerno del vaquero porque aunque el ganado vacuno se quedaba a dormir en la
“dehesa” (desde junio hasta que comenzaba el frío), siempre quedaba algún animal
en casa.
Y los pastores recogían las ovejas para llevárselas al campo
y entre los ladridos de sus perros, el balido de las ovejas, los cencerros y
mugidos de las vacas y los gritos de las personas, mi pueblo se llenaba de
vida. Faltaban las risas y el parloteo de los niños que con un poco de suerte
no se habían despertado.
Las mujeres cerraban las puertas y ventanas de las casa para
que al regresar al mediodía estuvieran fresquitas. Se llevaban el desayuno y “el
toma pan” como un tentempié de media mañana.
Los niños teníamos nuestras tareas. Las madres nos dejaban
una lista con los productos que teníamos que comprar al Juan que cuando yo era
muy pequeña venía primero en un macho, luego en un carro y más tarde ya en una
camioneta y también al Topo. Caso aparte era El Gordo que se llamaba así por
sus kilos, yo nunca supe cual era su nombre
El Gordo vendía aceite en sus vasijas enormes y que daba
gusto verlo caer cuando las medía con su litro de latón para echarla en nuestra
aceiteras, jabón, bebidas, sobre todo vino que traía en pellejos (eran más o
menos como los de Don QUIJOTE que pinchó con su espada creyendo que eran sus
enemigos), y algún otro producto que ya no me acuerdo.
Pero lo que me llamaba la atención es que no se pagaba con
dinero, sino que se utilizaba el trueque como en tiempos de los fenicios
¿A que no sabéis cual era el trueque? Ni más ni menos que
los huevos de nuestras gallinas rojas, negras, doradas, marrones…….que eran las
dueñas de las calles, prados y las eras y que venían a casa ellas solitas a no
ser que se divisara por el camino de Castilfrio algún carromato sospechoso y
todas las vecinas salían a buscarlas y a encerrarlas en su corral…….. Pues si
el Gordo nos cambiaba los huevos por sus productos…
Y me viene a la memoria uno de los peores momentos que me
pasó un verano con una gallina y sus polluelos. Mi madre, una tarde que yo no
tenía que ir a la pieza a dar manadas, me encargó que cuidara de ellos……pero de
pronto apareció en los cielos con sus enormes alas desplegadas, un águila,
buitre o que se yo……….
Y sin casi enterarme se volvió volando con su pequeña presa…
no tengo que decir que no había pañuelos en casa para secarme las lágrimas, ni
nadie que pudiera consolarme de la pérdida de uno de mis pollitos.
Me he desviado un poco de la historia que iba a contaros,
pero vuelvo a ella inmediatamente.
El padre de familia se iba con sus piones al campo y
empezaban la siega de la mies que se colocaba en manadas (un montón de espigas
con las cabezas para un lado y otro montón con las cañas para otro). Cuado había
muchas manadas se juntaban, cuatro, cinco y se formaban haces atándoles con el
bálago de trigo o centeno, anudado y al que se había quitado el grano de las
espigas, golpeando sobre una piedra. Con el garrotillo se hacía un nudo muy
original. El garrotillo era una pieza de madera corta y curvada que los hombres
llevaban en la cintura. Los fajos se amontonaban en fascales en forma de
pirámide truncada y allí se dejaban hasta que llegaban los días del acarreo. Su
sombra cobijaba el botijo y la merienda. Y
así con todos los cereales, cebada temprana, trigo, cebada tardía, avena
y centeno.
La siega no estaba exenta de accidentes, picaduras de
mosquitos, cortes con las hoces, aunque la mano izquierda la mas vulnerable se
protegía con la zoqueta que era una especie de zueco, el peligro de encontrar
alguna víbora o culebra (aunque yo no recuerdo ningún accidente de este tipo),
las quemaduras del sol aunque ya el rostro estuviese bien curtido, pero aún así
las mujeres se cubrían la cara, tapándose hasta casi los ojos.
La hoz y la zoqueta
para proteger la mano
Os voy a contar algunas anécdotas que podían ocurrir en
verano y os dejaré descansar, antes de daros la lata con la segunda parte “Las quitameriendas”.
El botijo se guardaba a la sombra del fascal o si en la
pieza había río, se metía en el agua para refrescar la vasija. Se tapaban ambos
orificios del botijo, pues alguna vez se había metido una culebra.
Alguna vez cuando se acarreaba la mies y se descargaba en la
era también se colaba alguna serpiente entre los haces y lo mas curioso es que
el acarreador había venido sentado en ellos. ¡Me pasó a mi montada en el carro
viniendo una vez de un pieza en “lo de Castilfrio” (ahora diríamos “de Castilfrio”)!
Otra vez me mandaron a por agua cuando segaban en una tierra
cerca de las “Paretillas”. Al llegar a un a pequeña fuentecilla me encontré a una de mis anteriores amigas
dándose un baño en el agua. Al oírme se escondió tranquilamente y yo llené mi
botijo.
En mi pueblo en las riberas de los tres “ríos”, había muchos
chopos y en el verano, no si sería por
eso, caían muchos rayos. Pero uno de estos rayos me impactó tanto que hasta
llego a influir en mi vida. El abuelo estaba enfermo y la abuela llevó la
comida a los “piones”. Estaban segando en “El Mirón” debajo de el Puerto de
Oncala y muy cerquita de los árboles del río, llegó la abuela al paraje y los
segadores habían preparado un “chozo” con los haces para protegerse de la tormenta, pues los
truenos rugían por el Puerto y los relámpagos iluminaban la oscuridad que producía la tormenta.
Los peones se preparaban para comer allí, pero la abuela con
un sexto sentido, casi les obligó a marchar
hacia un cobijo cerca de la
Portera del Parcollao. .No habían entrado en su
dicho chozo cuando un ruido atronador y una luz cegadora los estremeció.
¡Había caído un rayo! justamente donde se encontraron las hoces a las que
destrozó y los fajos a los que quemó! ¡ Desde entonces creo en los milagros!
Hasta no hace muchos años
aún permanecía el recuerdo en un chopo desgajado y negro que el rayo
había quemado.
CONTINUARÁ….



