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lunes, 3 de agosto de 2015

La yegua Castaña




 El ganado caballar era muy importante en todas las casas del pueblo.
No solamente les servía para ayudar en todas las clases de trabajo, sino que las crías de las yeguas, los potrillos o potrillas les proporcionaban un buen dinero cuando las vendían en la feria de septiembre, feria que se celebraba en Soria y al que acudían ganaderos de toda la provincia y compradores de toda España. A mí me llamaban la atención los blusones que llevaban los tratantes de ganado, que eran de color negro y que los vestían casi siempre los valencianos.
Pero hoy no quiero hablaros de las ferias sino de la yegua Castaña. Era pequeña, no tanto como Platero, tenía el pelo también suave, muy inteligente, muy dócil y bonachona, la crin del cuello bien larga, los ojos negros y brillantes, era supertrabajadora y a pesar que formaba yunta con una potra percherona muy fuerte, ella era capaz de dominarla.

          Y sobre todo era muy amante de los niños, pues si no fuera por su carácter, más de un nos habríamos roto la cabeza. Decían que había nacido el mismo año que yo. La verdad es que fue la única yegua que yo conocí en casa.
Hacía de todo ayudando en las labores del campo. No iba a labrar porque en mi pueblo ese trabajo era encomendado a las vacas, pero era la encargada de llevar el abono a las piezas, que luego el labrador extendía por la tierra. El abono no era como ahora. El abono de entonces estaba formado por los excrementos de los animales que había en la casa, las vacas, terneros, ovejas, cabras, gallinas, restos de alimentos... que formaban el “cieno” y se almacenaba en corrales donde permanecía hasta la época de abonar. El cieno cuando fermentaba desprendía calor y ese calor mantenía a las gallinas calentitas durante el invierno.
A la yegua le ponían los aparejos y encima los serones que tenían dos huecos grandes en los extremos. Estos huecos se llenaban de basura y eran llevados a las piezas… Ya veis ahora que se habla tanto de la agricultura ecológica… resulta que en los pueblos se ha practicado siempre
Ayudaba también, a acarrear la leña más pequeña, pues los troncos grandes eran tarea de las vacas. Os estoy hablando de una época en la que ni siquiera había carretas.
En el pueblo se encendía el fuego con las “ilagas” o aliagas, que sustituían a las piñas de otros lugares. Las yeguas cargaban con ellas pero otras veces eran los hombres y mujeres las acarreaba metidas en un lenzuelo sujeto con un cincha sobre la frente.
El trabajo fuerte llegaba con el verano. Las yeguas, caballos y al algún borriquillo que había en el pueblo eran los que acarraban la mies, los que trillaban, llevaban la paja al pajar, cargaban con las talegas del trigo, la cebada, la avena, los yeros, las lentejas y el centeno después de las faenas de la trilla, que ya os contaré en otro momento.
La yegua era la encargada de llevar los cerditos al mercado de los lunes de San Pedro Manrique y de llevar a las personas cuando iban a vender alguna oveja al mercado de Almarza los sábados e incluso a Soria a hacer las compras en lugar de ir en los autobuses. También llevaban el grano al molino de Carrascosa o Castilfrio y que volvía a casa convertido en pienso para los animales.
 La yegua era el animal más cuidado, porque no solo trabajaba sino que todos los años paria un potrillo que luego era vendido en la feria de septiembre a un buen precio, como ya os he dicho al principio. 
Lo que más me gustaba era ver a los abuelos y abuelas, aunque no lo creaís entonces niños y niñas, que montaban a caballo ¡a pelo! Ahora habláis de la hípica como si fuera una cosa de la gente bien, pues los niños en la Estepa ya practicábamos “tan fino” deporte.
Y que felices aquellos atardeceres bellísimos cuando después de la trilla, los llevábamos a comer la hierba húmeda a las lindes de las piezas sobre todo a la Llana, al Prao del tío Bartibañez, al río de la Viña, al Plantío, con sus sauces………



Y esos amaneceres con un cielo inigualable, a veces teñido de colores, cuando íbamos a buscar estos animales a la “desa” (sic) donde pasaban la noche y no era preciso buscarlos, porque llegábamos a la portera del Parcollao y nos divisaban, venían trotando. No sé si nos veían u olían el manojo de beza, nielgos, esparceta u otras “yerbas” apetitosas que siempre les llevábamos de regalo
Yo me subía a la pared, me montaba en sus lomos y camino a casa era un placer el contemplar los riachuelos, la huerta del tío Jorge, el “prao” nogal, la huerta del Medio, la huerta de la Fuente Vieja y oler a esas horas la humedad y el “perfume” de las estepas y de los chopos del río.
Pero, por lo que mas recuerdo a mi yegua, es por su final, que no lo he dudado nunca, pero que me que hace comprender el amor, la gratitud, la grandeza de aquellas gentes de mi tierra, la gente de Tierras Altas, que cuidaban los animales, los nidos las plantas, los árboles y claro está a las personas con amor y cariño….., no hacían falta leyes de protección del Medio Ambiente.
La yegua se hizo “vieja” y como ya habían” aterrizado” en mi pueblo las máquinas que hacían todos los trabajos, ya no servia para nada… En fiestas de San Saturio apareció un comprador, ajustaron el precio y decidieron venir con un camión a por ella al día siguiente. Llegó el día, aparecieron los compradores y a mi madre se le ocurrió preguntar y ¿donde la van a llevar?
La pregunta era un poco sin sentido, pero cuando le contestaron que era para la comida de los leones del circo, cogió del ramal del cabestro a la yegua y sin decir palabra se la llevó a su casa. Yo creo que no quería desprenderse de ella.
Llegó el abuelo y preguntó ¿no ha venido el camión? Y mi madre le contó la aventura y los dos sonrieron felices. En casa quedó la yegua, viviendo como una reina hasta que murió de vieja. Con ella también creo, murió un mundo dichoso que quizás nunca más vuelva, pero que siempre vivirá en nuestros en nuestros corazones….