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martes, 14 de enero de 2014

El tío Castaño.




Tarde de inviernoEn un libro que había en la escuela de uno de uno de los pueblecitos donde ejercí como maestra, había una lectura que se titulaba “Más feo que Picio”. Picio era un hombre muy feo, muy feo, la cara picada de viruela, orejudo, la nariz como la de Pinocho cuando mentía, boca grande, desdentada y no sé cuántas cualidades más. Pero, decía la lectura, según se le iba conociendo por dentro era educado, trabajador, caritativo, cariñoso, cumplidor de su deber y mucho más.
Camino de la Fuente ViejaCuando pienso en el Tío Castaño, me acuerdo de Picio. No sé si era guapo o feo porque la imagen que tengo de él no me devuelve la fotografía desnuda de su cara, pero para mí sí que tenía todas las cualidades que tenía mi amigo Picio por dentro.
El Tío Castaño era el cartero de mi pueblo y de otros pueblos más, en la época en que se escribían muchas cartas, pues no había otros medios de comunicación, ni tampoco medios de transporte a motor, ni coches, ni motos, ni bicicletas...
Tarde de invierno (continuación)Yo recuerdo al tío Castaño siempre unido a su borriquilla. Su vestimenta era la adecuada para atravesar el Polo Norte, porque los caminos y pueblos en el invierno estaban totalmente cubiertos de nieve. Llevaba su chaquetón de piel, sus zamarras, botas calentitas y, en la cabeza, un gorro con orejeras y con visera para protegerse de la “Hurgara” o tempestades de viento y nieve, por lo que a veces era facilísimo perder la orientación. Pero la borriquilla conocía bien el camino y jamás oí que nadie se perdiera.
El roble solitario
Nunca tampoco tuve noticias de que nuestro cartero dejara de venir, ni un solo día. Por la mañana venía del pueblo donde vivía, recogía la correspondencia y la llevaba a Ausejo por donde pasaba el coche Correo. La metía en su valija y vuelta a desandar el camino y sobre el mediodía volvía con las cartas que alegraban casi siempre a todos los vecinos con las noticias de la familia, de los hijos que estaban en la mili, de los pocos estudiantes que había fuera y de los que ya empezaban a trabajar fuera, que eran los menos.
Cuando hacía muchísimo frío el Tío Castaño ni se bajaba de la burra. Entraba en los corrales de las casas, cual mensajero real y entregaba las cartas. Algunas veces las señoras de las casa le obligaban a bajar de su montura y le preparaban un plato de sopa calentita que él agradecía con una gran sonrisa y al mismo tiempo calentaba sus ateridas manos en la lumbre.
Como Ausejo era un pueblo más grande y había cuartel de la Guardia Civil, nuestro cartero también traía las noticias nuevas que se comentaban en el cuartel o en la tienda del “Topo”.
Tarde de invierno (continuación)
Ni una queja por parte de los vecinos, ni una falta en su trabajo tanto si hacía frío como calor, ni una ausencia por enfermedad hicieron de este personaje durante mi infancia lo más parecido a un héroe.
Por eso os cuento la historia, y para que su ejemplo nos sirva para quejarnos un poco menos por alguna incomodidad que tengamos que sufrir.