En un libro que había en la escuela de uno de uno de
los pueblecitos donde ejercí como maestra, había una lectura que se titulaba
“Más feo que Picio”. Picio era un hombre muy feo, muy feo, la cara picada de
viruela, orejudo, la nariz como la de Pinocho cuando mentía, boca grande,
desdentada y no sé cuántas cualidades
más. Pero, decía la lectura, según se le iba conociendo por dentro era educado,
trabajador, caritativo, cariñoso, cumplidor de su deber y mucho más.
Cuando pienso en el Tío Castaño, me acuerdo de Picio. No sé si era guapo o feo porque
la imagen que tengo de él no me devuelve la fotografía desnuda de su cara, pero
para mí sí que tenía todas las cualidades que tenía mi amigo Picio por dentro.
El Tío Castaño era el cartero de mi pueblo y de otros
pueblos más, en la época en que se escribían muchas cartas, pues no había otros
medios de comunicación, ni tampoco medios de transporte a motor, ni coches, ni
motos, ni bicicletas...
Yo recuerdo al tío Castaño siempre unido a su
borriquilla. Su vestimenta era la adecuada para atravesar el Polo Norte, porque
los caminos y pueblos en el invierno estaban totalmente cubiertos de nieve. Llevaba
su chaquetón de piel, sus zamarras, botas calentitas y, en la cabeza, un gorro
con orejeras y con visera para protegerse de la “Hurgara” o tempestades de
viento y nieve, por lo que a veces era facilísimo perder la orientación. Pero
la borriquilla conocía bien el camino y jamás oí que nadie se perdiera.
Cuando hacía muchísimo frío el Tío Castaño ni se
bajaba de la burra. Entraba en los corrales de las casas, cual mensajero real y
entregaba las cartas. Algunas veces las señoras de las casa le obligaban a
bajar de su montura y le preparaban un plato de sopa calentita que él agradecía
con una gran sonrisa y al mismo tiempo calentaba sus ateridas manos en la
lumbre.
Como Ausejo era un pueblo más grande y había cuartel
de la Guardia Civil, nuestro cartero también traía las noticias nuevas que se
comentaban en el cuartel o en la tienda del “Topo”.
Ni una queja por parte de los vecinos, ni una falta en
su trabajo tanto si hacía frío como calor, ni una ausencia por enfermedad
hicieron de este personaje durante mi infancia lo más parecido a un héroe.
Por eso os cuento la historia, y para que su ejemplo
nos sirva para quejarnos un poco menos por alguna incomodidad que tengamos que
sufrir.

